
Alberto Giacometti nació en 1910 en Borgonovo (Suiza), y fue enterrado en el pequeño cementerio de su ciudad natal en 1966.
Giacometti fue un tipo que despertó numerosos enigmas, es más, convivió con ellos hasta tal punto que él mismo se convirtió en un enigma.
Hay una anécdota de su infancia que a mi me emociona especialmente: el pequeño Alberto estaba en el taller de su padre, Giovanni Giacometti, que era pintor, dibujando frutas sobre un papel. Alberto dibujó una pera minúscula en un papel enorme. El padre le increpó: "¡Hazla como la ves!", "Eso he hecho, padre", le contestó alberto.
En 1937 pintaría "Manzana sobre el aparador". Allí se encuentra una manzana totalmente aislada del mundo, casi flotante, como desafiando a las leyes de la física. En un principio Giacometti había pintado tres manzanas, luego dejó sólo dos, y por último decidió que sólo figurara una manzana. Supongo que estuvo a punto de borrar ésta también, pero quizás le pareció demasiado excéntrico, es decir, manzana sobre el aparador pero sin manzana. Lo cierto es que la desproporción entre el objeto último del cuadro: la manzana, y el resto del espacio circulante es tal que sólo se puede entender la presencia de la manzana como una aparición, como un desafío entre el ser y el no ser, algo que sin duda va más allá de un simple trazo en un lienzo, algo que reduce la expresión artística a la única e irredimible circunstancia de la angustia del hombre. Es decir, ya desde pequeño Giacometti frecuentaba la dicotomía existencia-nada.
Todos conocemos su esculturas, esas figuras andantes espigadas y formadas a base de pegotes informes. Quedé impresionado cuando vi una foto de Cartier Bresson en la que Giacometti movía sus figuras en la galería de arte Maeght de París preparando una exposición. De repente pensé, dios mío, él es una de ellas, es decir, Alberto Giacometti se confundía con su propia obra, lo vi claro, Giacometti era una de sus figuras tortuosas, jamás había visto una correspondencia tan admirable entre el autor y su obra. También pensé que aquellas figuras estaban tan solitarias en el mundo como la manzana sobre el aparador. Era como si la preocupación existencial del arte de Giacometti se viera reflejada en su propia credibilidad como individuo, como si en su espíritu albergara indistintamente la nada y el ser.
En sus retratos observamos una terrible fascinación por el enmarcado, de forma que el rostro retratado se muestra como una recopilación de centenares de líneas nunca concretadas y que determinan inequívocamente la realidad del personaje, es como si el retratado no pudiera escapar de entre las líneas dibujadas por Giacometti, como si de una cárcel de realidad se tratara, reflejando la concentración espiritual del que trabaja, intentado reconstruir a través de los aspectos visibles lo invisible de la presencia. Giacometti estaba obsesionado por el rostro humano. Cuando iba en el metro se quedaba mirando atentamente un rostro, pero no como yo cuando en la línea de metro de París a la torre Eiffel, que me quedé obnubilado mirando a la china más guapa que había visto en mi vida, la mirada de Giacometti iba más allá de la belleza o la fealdad del individuo, sino que más bien, Giacometti observaba el rostro humano "como algo infinitamente lejano y desierto, fuera del tiempo, fuera incluso de cualquier espacio", como dijo Yves Bonnefoy.
Sin embargo, lo que más me fascina y preocupa de Giacometti es su extraña y ascética forma de vida, su taller absolutamente destartalado, con las paredes desconchadas, el suelo lleno de yeso procedente de sus obras, los botes de disolvente vacíos, los tubos de pintura arrugados por todos lados, en definitiva un taller que al ver las fotos provoca una sensación de frío y aislamiento sobrecogedora, su aspecto desaliñado, aunque siempre con chaqueta y corbata incluso trabajando, y su total despreocupación por lo cotidianamente humano, como si no existiera nada más para él que su propia obra, como si su lucha contra (o a favor de) lo inmaterial del arte no tuviera fin.